
Pocos son los que recuerdan “Qué Verde era mi Valle”, la extraordinaria película (How Green was my Valley, título original en inglés) que se llevó cinco premios Oscar de la Academia del Cine de los EEUU, derrotando en 1941 como mejor película del año a “Ciudadano Kane”, la opera prima de Orson Wells que, reavivada por cambios culturales a finales de los años 50, se ha convertido en un ícono de la cinemateca mundial.
“Qué verde era mi valle” -cinta paradójicamente en blanco y negro- es un canto a la nostalgia de los tiempos pasados, pérdida de la inocencia y de la lucha entre el pasado familiar y el porvenir desconocido, dejando atrás cosas que fueron muy importantes. Su legado, ha quedado como frase que suelen emplear quienes, por haberlo vivido o no, insisten en que los tiempos pasados siempre fueron mejores.
No son pocos, los que piensan seriamente que eso ocurre con la Fórmula Uno actual. La palabra a utilizar: decadencia; definida como un proceso de deterioro, declive o menoscabo en la calidad o fuerza de algo o alguien. O simplemente, la caída de un nivel superior a uno inferior (física, moral, cultural o social).
La corrupción de valores se inició con la trampa tecnológica, con un cambio radical a partir de 1992. La última temporada “clásica” fue en 1991, cuando un motor Honda V12 normalmente aspirado, montado en un McLaren con caja de cambios manual, fue llevado por el mítico Ayrton Senna al campeonato de pilotos y de constructores.
De allí en adelante, sobre todo en las últimas tres décadas, la Fórmula Uno ha producido carreras procesionales (aburridas) con cambios de reglas de origen político, reglamentos técnicos cambiados sin ser bien estudiados y con periodos de dominancia tan completa que el deporte competitivo se ha vuelto irrelevante.
Desde la compra de la categoría por Liberty Media en 2017, el producto se ha vuelto más comercial, incluyendo un reglamento que tiene que satisfacer a varios intereses simultáneamente (ingreso de AUDI y Cadillac, representantes de gigantes como Volkswagen y General Motors). Se aumentaron las carreras a un nivel récord de 24 por temporada, se agregaron las de Sprint para incrementar el contenido semanal, los circuitos son seleccionados por quien paga más y se agregó Las Vegas como producto de mercadeo.
Como tal, la Fórmula Uno nunca ha sido tan popular como ahora, sobre todo en EEUU después de la exitosa serie Drive to Survive (Maneja para Sobrevivir), un producto diseñado para el nuevo aficionado: joven, casual o corporativo. El fanático original (clásico) es secundario, porque está atrapado (clientela cautiva) y podrá criticar o sentirse decepcionado por lo que ve, pero seguirá allí. Tampoco tiene competencia global. La MotoGP es otra cosa, la IndyCar otro mercado, NASCAR aún más local, la Fórmula E no resultó lo que se esperaba y la Endurance no tiene el mismo atractivo.
Con los múltiples problemas técnicos, llegó el nuevo reglamento 2026, una reinvención ambiciosa, pero que no gustó, no sirvió y ahora demostró ser de mucho peligro. La cuestión de las altas diferencias de velocidad entre quien recarga la batería y quien la utiliza ha cambiado los adelantamientos por simples cambios de posición, pero ahora se ha llegado a un punto crítico con el episodio entre Oliver Bearman y Franco Colapinto en Japón. Podría haber muchas críticas que la FIA había rechazado, sin embargo, el circo se verá obligado a cambiar por las inobjetables razones de la seguridad.
De la reunión de la Comisión de Fórmula Uno de la FIA este jueves 9 de abril, tendrán que salir algunos cambios, porque el peligro de las carreras nunca va a desaparecer, pero no debe buscarse.
Otra moraleja de “Qué Verde era mi Valle”: al final, no lo puedes tener todo: o tienes mucho dinero, o eres feliz.
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